Una habitación cálida
nunca se había nublado tanto a mis ojos.
Mientras el día ávido de vida
refulgía tras la tela,
las horas se escurrían
gotas ocres sobre un papiro
imborrables manchas
húmedas.
Una música tenue de brisa
se ocultaba entre las voces del gentío.
La fiesta se acercaba
y lo demás no era más que aire
flotando libre
dolido y vivo.
El festejo era la excusa, lo trivial.
Lo subyacente era más,
enérgico más lleno,
menos ruido menos tiempo.
Del lago a la gota
sonaba una respiración
corta,
un sollozo en la boca.
Sólo la austera luz supo encontrar su sitio.
Diáfana llenando la estancia
se acomodaba en las esquinas.
Me dejé llevar por ella
como el que se pone una venda
y le pedí que se encendiera.
Agonía y difracción se entrelazaron
surgiendo de mi alma y detonando certezas.
Al tocar la luz el suelo
el miedo escapó
como sombra de mediodía
después de día y medio.
¡Ilumíname luz, cúbreme de tu corriente!
Déjate llover sobre mi piel
secando las ciénagas en que vierto mi sed.
Quiero ser de tu espectral elemento
ciego,
que cree de su lazarillo las historietas que inventa,
que confía en que el camino conduzca a alguna cama
donde guardar rigurosa siesta.
Al final se hace la noche
entretejida entre las ramas
y es por ello
que yo espero
día y medio
a las sombras
de mediodía.
Tal silencio.
Tal ausencia merece la espera.
Al fin terminó la fiesta.
Ya duermen nobleza y alfiles.
Sólo queda el contorno, la cesta.
Dejaron de llorar los humildes.
Volverá el aire cálido a sorprender
las costuras que me aprietan
destensandome en catarsis
liberando el veneno que me aturde y me atormenta.
Entre aguja y agujero
el roto cerrado queda.
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