Bajo una manta de oscuras polillas
agujereadas
se intuye un rosal atado al otro lado del puente
que se cubre de rocío cuando el día despierta húmedo.
Exuberante rosa de espinas amables
que perfila su silueta al hundirse en el río
y a pesar de la luna llena
su sombra es fina como la melodía mas pura,
casi imperceptible,
reflejo de toda ráfaga de luz sensible.
Al lánguido reptar del lago
se une un destello de vida
y ágil se acerca un cervatillo
que exhausto tras la huida
del cazador y del disparo
sumerge su cabeza en la calma liquida
y roza con el hocico la flor.
Los pétalos vibrantes al roce,
quedan fluctuando en las corrientes frenéticas
henchidas de ira por la crecida del río.
Bailan sincopados con descaro
deshaciéndose entre las suaves piedras
tomando aire cuando ascienden
y guardando rigurosa apnea al tensarse.
La suave caricia inicial que trajo el silencio
ahora libera vientos hambrientos antes enjaulados.
Los pájaros se esconden en sus nidos,
las ranas croan al ver pasar las teñidas volutas
los zapateros asustados rayan la superficie de su estanque
y el agua intranquila no se atreve a lamentarse.
Peces de mil colores saltan dando coletazos al viento,
comienzan a ceder los pilares de las telas de araña.
Ya nada tiene sustento seguro.
Ruido sincero es el volátil crujir de los arboles.
Los contratiempos se repiten:
¡Chocan las cornamentas, rugen
las mariposas, truena
el firmamento, giran
retuercen
doblan
requiebran los pétalos
dando bandazos...
Y cae el rayo.
Certero sobre el remolino formado
haciendo temblar la imagen.
Deshaciendo el tiempo.
El mundo queda finalmente guardado
bajo un pulcro espejo acuático
y toda la calma de la tempestad
se muestra en la caída de un brillante sol
a través de las nubes.
Un curioso ciervo, cabizbajo,
recorre el bosque aun desordenado
y se queda dormido
bajo el calor de un claro
y el arrullo de la brisa.
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