viernes, 4 de mayo de 2018

La canción olvidada

Cae de pronto el último
estertor del invierno
y las flores que venían cubriendo
las orillas del arroyo
salen a pasear. También los turistas
tiñen estos días, con sus mofletes rojos,
de vida la ciudad.

Si bien, hay formas
y formas de celebrar que ha llegado
el calor
-que cada cual escoja la propia-:

Un banco ,por ejemplo,
en pareja; sol y sombra.

Perder la bufanda
y bailar tras salir de la crisalida
la danza de la mariposa.

Hacer como los mitos
acrobacias de rama en rama.
Lanzarse después sin miedo
hacia la densa hierba.

Secar de lluvia las alas.

Besar las huellas que yacen
secas en barro
y soplar después.
Ver
como revolotea el polvo en la brisa.

Quiero decir,
que con cualquiera de estas
u otras opciones acierta
uno.

Es fácil
celebrar
dice
quien tienen hogar
en su casa, alimento
en su comida, dignidad
en sus lamentos.

Celebrar sin techo, sin amigos, es, sin embargo, más difícil.

Y ahí tienes que en saliendo
de la estación veo
un cuerpo recostado sobre el suelo
bebeiendo
a morro de un cartón de vino
al mas puro estilo bizantino.

Y ahí tienes que es su figura
recuerdo de tiempos pasados.
Semidesnudo y colorado
este Dioniso urbano cura
sus males con el zumo
ebrio que la viña retuvo.

Como la luna se llena
al calor de las estrellas,
así saciaba este hombre
su sed bajo miradas de pena.
(De burla a caso....
algunas de asco)

Si no tuviera la boca llena
de sueños este mendigo
y en la memoria
un oscuro vacío
nos habría cantado
sin vergüenza alguna
la canción que de joven
en tantos festejos cantó:

«Bello sol
de primavera,
bien te quiere
la pradera.

Bella luz
tú, luz primera,
bien te quiere
la tendera.

Bello cielo
azul que observas
como se aman
las parejas,

mucho más te amo yo
cuando traes
entre tus rayos
las verbenas
y el calor»

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