Churros de dos días.
Una camarera con la mejilla sucia
y en la encimera de madera
ocho platitos ordenados
con su cucharilla y su sobre de azúcar.
Son casi las tres,
según reza el reloj promocional
que cuelga, torcido
pero redondo como un segundo,
de la pared.
-¿Está ocupado?- me siento.
Pido, como quien pregunta por Dios,
un blanco y negro.
Y es como si toda Madrid me respondiera:
¡Anda chaval¡ Pide uno solo con hielo.
La joven, aliviada, me lo sirve.
Y yo, como soy chico formal,
ensancho la sonrisa y vierto
la taza caliente
en el frío cristal.
Comienza aquí la eterna pausa
y difunde
cubriendo primero los platitos,
después el reloj. La luz frena,
para la cafetería, la calle calla abarrotada.
Sueña por un instante
esta insomne ciudad de cemento,
sueña que nada en un lago
de agua lenta.
A las tres se hace mutuo el sentimiento.
Sueño yo por un instante
que la prisa pasa de largo.
Pierdo la vista, pierdo la noción
de ser.
Me baño desnudo entre los hielos del vaso.
Lo eterno se estira mucho
pero siempre acaba
así que antes de que el tiempo vuelva en si
pido la cuenta.
Dos propinas, una por la galleta y otra por la mancha.
Vuelve uno a sonreir y da las gracias.
Último vistazo:
queda todo inalterable e inalterado
a excepcion de un detalle.
Restan sobre la encimera tan sólo siete platos.
Y así van pasando
los placeres, la vida, el café...
Uno a uno y como el hielo
antes se terminan deshaciendo
-o después-.
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