La ciudad, en lo lejano
no es más que una sombra gris,
un todo difuso y feo.
Cerca, ya no es nada.
La ciudad de cerca no existe.
Es un edificio, una calle,
una plaza ancha llena de gente.
Allí, tan cerca,
el ojo ve borroso su reflejo,
las tinieblas se disuelven.
Los niños cargan
pequeños pedrusco de asfalto
entre las manos sudorosas.
La lluvia no encuentra bocas que saciar.
¿Quién pudiera dar a la ciudad
un nombre nuevo,
hacer con sus vocales
sumideros de petróleo
y crear un inmenso semillero
de consonantes fuertes
como fuertes son los robles?
Filólogos del mundo,
haced de esta tierra
una aldea de bocas verdes
y dejad que los niños usen sus manos
para trepar árboles y tallar palabras.
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