son siempre la misma nube
que siempre viene de lejos
y luego se va. Viaja hacia otros ojos
difusos e inciertos
distintos a estos que ven
siempre lo concreto y lo cercano.
Los caminos, en cambio, esperan intactos
a que alguien los pise
o se emocione al cruzarlos.
Y nunca nunca nunca revelan sus secretos.
Pertenecen a algún poderoso, Dios malo
que los cierra con puertas y aranceles,
y los unta de petróleo venenoso
y los mancha con violentas luces pálidas
que no dejan que la noche se pose
sobre nuestras huellas.
Las nubes, enjambre de pálidas abejas,
se arremolinan sobre los caminos
tratando de ser como ellos:
concisas, precisas. No hubo nunca
quien pusiera una valla a la niebla;
bien sabemos que nadie la posee.
Pero el rayo es la gota que colma el vaso del caos.
Su luz es un camino y su fuego una nube de polvo
que arrasa lo concreto y hace estragos en la memoria.
Mis ideas son nubes y el camino una elección
¿y el trueno? No lo escucho. ¿Donde rompe su voz?
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