Hoy, al fin, escucho crujir las hojas bajo mis pies.
Siento una paz inmensa
que en la soledad de la necrópolis -ya nadie visita a los muertos-
me permite conversar con las lápidas y con sus protectores,
esos pequeños pájaros que generación
tras generación
las guardan, fieles e ignorantes.
Al fin sé que la soledad es ver lo ajeno en uno mismo.
Sentirse blando metal, golpe
sobre golpe,
el mundo entregandose a su propio impacto.
Los mitos y herrerillos ya se han ido,
los muertos hace tiempo que lo hicieron
y yo, mientras las hojas siguen traduciendo mis rumiares, me dejo arrastrar, lento paso
tras paso,
sobre este inestable momento de lucidez.
.
.
.
De las demas soledades,
que hay muchas
y están separadas todas, las unas
de las otras,
quisiera abrazar a esta que os mento
y contra mi voluntad evito.
Me empuja a habitar cafeterías escondidas
donde me observo reflejado
en su penumbra, en su olor de calma.
Y allí le dejó de lado para con los libros.
Me unge el cuerpo con agua tibia
y antes de salir de la ducha
me cura las herdas
de sangre y de pena con su peso.
Luego, saliendo del baño, le aparto la vista.
Incluso entre las sombras,
en presencia de otros,
me reconoce y me refugia
si necesito escapar,
sin increparme el rechazo previo.
En la ciudad me pierdo buscándola
y solo encuentro más y más personas planas y desfiguradas que no saben hablar
Y aún quedo prendado de sus formas
deshechas e incomprensibles,
olvidando el objeto de mi búsqueda,
observando sus dedos tartamudos sobre el cristal de un teléfono.
Tras dibujar los trazos, meses pasados,
sé que la soledad
son todas y cada una de ellas, todas las soledades avalanzandose una
sobre otra.
Perdidos en su multitud buscamos la propia
en la intimidad ajena,
pareciendose mis soledades a las tuyas
y las tuyas al de más allá.
.
.
.
En esas vueltas de la vida,
como en agua agitada,
chocan entre si las semillas
(no habrán de alcanzar el mar).
El mayor sueño al que aspiran -al que aspiro-
es germinar en el prado verde con vistas al llano que se intuye en aquel valle.
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