¿Cómo hablaros de mi sed sin nombrar al polvo, a la encina?
¡Miradme! Soy rama y reflejo. Pinto en el agua del lago
transparencias que piden beseis mi luz sumergida,
hundais los pies desnudos en este, mi tierno fango.
De la infancia recojo hélices de arce que giran
constantes en la memoria tratando de alcanzar algo
que no llega. Es la tierra. Oscura, fértil, viva,
vientre prolijo del mundo; hogar del último tacto.
Suspendida, en mi regazo, quedó la seca semilla
y en vez de plantarla guardé su hoz en una caja de esparto
Cayeron como gotas de primavera los días
y después, como meteoros de dudas y amores, los años.
Hoy sueño que guío fuentes con manos fuertes de barro
y las doy al fresco río. Mientras bebo me salpica.
Juego. Íntima unión. Abrazo líquido del sustrato
a la risa que desciende alegre el monte y no termina.
Más abajo un remanso de agua flitra briznas
de río a una cueva. Gotas doradas que iluminan
rítmicas, con su sonido, la oquedad mortecina.
Y allí la sed, confinada en su caja, es infinita.
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