También sé que la arpista en otro tiempo, en otra vida, fue arquera. Lanzaba una fecha desde las sombras, haciendo vibrar una cuerda tensa y, resonando en el aire, iba la saeta a cruzar certera el corazón de algún enemigo. Este otro, que pudiera haber sido un pianista u otro músico cualquiera, apreciaba la vibración cálida de la punta al penetrar su piel. Morir así nunca fue morir del todo. Es, más bien, una conexión con la armonía de lo etéreo. Dar paulatinamente tu latido firme al violento ritmo impuesto por lo inerte.
¿Y qué otra cosa pudiera ser el arpa sino un arco de mil cuerdas que lanza flechas vibrantes en mil y una direcciones? ¿Qué otra cosa ha de ser este instrumento? No más que un arma, no más que un artilugio capaz de hacernos resonar con lo inerte. Creernos estables por unos segundos, quizás eternos, y, al recuperar de pronto la consciencia, sentir que la oscura muerte se nos lleva. Un vértigo punzante en el filo del silencio. Delicioso para algunos; tan molesto para otros que, en su fragilidad, lo rompen a manotazos y con agudos silbidos chirriantes.
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