Quisieramos, nos gustaría,
preferiríamos la certeza
meridiana.
Ansiamos la luz clara al alba
y damos mal augurio
a los días de niebla espesa
de ideas opacas.
Pero si es que ya lo sabemos,
lo tenemos bien aprendido:
que hay días oscuros y noches
sin luna.
Que todo lo verde se pudre.
Que todas las vidas se estiran
hasta que se estira la pata.
Sólo cuando sale el sol y nos brillan
los ojos y chispean las miradas,
cuando todo es limpio y claro,
es entonces cuando se olvida
uno
de que es la vida una batalla.
Bajas la guardia
y ahí lo tienes:
noche, niebla,
duda y mieles
oscuras brotando
de la gris mente.
Una mella en la muralla.
Aquella que hiedra a piedra
va levantando la razón
y un sólo estornudo
de ave la vuela.
Por suerte aún somos,
como lo son nuestras barreras
frente a las ideas,
permeables al amor.
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