Ayer eché a la basura
el peso de mi garganta.
Volé sobre prados de babosas
y crujientes caracoles
con alas de cigüeña
pico de cigüeña
y nido amable de plumas
de jóvenes cigüeñas.
Dance en el día con patas largas
y en la noche con plumas largas
acogi estrellas en mi pecho:
lucero brillante, corazón de cigüeña.
Ave y garza, blanca y negra.
Binaria concepción de la dura jornada
ora sol, ora concierto
de truenos libres en bandada.
Ayer eché a la basura
el peso de mi garganta.
Desde entonces viaja elevada
sobre reflejos de Luna
la larga envergadura
de unas alas recortadas
contra el sol de la cordura.
Ayer eché a la basura
el peso de mi garganta.
Me arranqué el anzuelo de la boca
y sangrante la encía
el agua salada endulzó la herida.
Cigüeña pescada en corales profundos
que agitaba las alas resuelta
a imitar la brazada del pulpo.
Despistada en aguas revueltas
quedó barada en los nudos
de una red para moluscos.
Calló el pajarraco en cubierta
y aún húmedo como estaba el tejido
intento lanzarse en vuelo
mas el agua le restó fuerzas
y su alma de pulpo le ancló al suelo.
Sobre madera lloraba la cigüeña
incapaz de creer que un día surcó el cielo.
Anclada por sus zancos.
Más hundida en la proa del galeón
que en la sima marina
donde al menos llena de agua
las alas en aletas convertía.
Pero ¿recuerdan?
Ayer eché a la basura
el peso de mi garganta.
El pulpo ligero se comenzó a elevar
y la sutileza del cuerpo engarzado
en el viento venido del Sur
dio vida al gorjeo
y los tentáculos alados se tragaron el mar.
Cigüeña ciega
mutadas tus gracias en ventosas
al fin recobras la vista.
Ahora que ves llover
que ves morir las rosas
que ves dormirse moscas
que ves mas allá de tus ojos
lo que quieres ver.
Ahora que ves tus alas
y elegante las agitas
como el azúcar del té,
duerme.
No dejes que
el sueño hunda
tu figura de nuevo
en la sed.
Ayer eché a la basura
el peso de mi garganta.
Hoy empollo el huevo
tranquila
en la torre más alta.
Ya no soy ave de presa
ni ave presa
ni ave impresa
negro sobre blanco.
Me titilan en los ojos fuegos de arcoiris
que por ser pulpo cambio a mi favor.
Ya ruego y espero
el sonido del sol
al colarse por el pico
y llegar al corazón.
Un lucero brillante.
Ánima viva de vuelo laxo
que muestra el camino
que son todos
y en ninguno haya mal destino.
Ya no llevo atado
aquel peso en el cuello.
Tomemos el destajo
—atajo alargado—
que nos lleve a casa de vuelta
por el sendero más bello
que nos deje tarde en la puerta
tras haber disfrutado
del florido paseo.
Cigüeñas del cigüeñal
volemos todas juntas.
Aún queda mucho cielo,
mucho cielo por soñar.
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