Sé que alguien, no recuerdo quién ahora,
dio en bien dar al teclado de aire y tubos
el rico y palpitante sobrenombre
de corazón de la catedral. Hubo
feligreses que en asistiendo a misa
y oyendo en las alturas del crucero
la ordenada tormenta de sonidos
creyeron entender a un Dios sincero.
Dime, ¿qué muerto no se sobrecoge
en su tumba cuando tiembla el templo
con las hondas oraciones de un órgano
atemporal? Aún vivo, yo lo contemplo:
al organista, singular oficio,
y a su oda, excelsa alabanza al señor.
¡Oh, mensajero de la vida eterna
¿quién alcanzare tu gloria y honor?!
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