Asomándote por aquí
entre las pajas
luces naranjas.
Una bandada de reyezuelos listados asciende la colina, buscando cobijo, aleteando y dando incansables saltitos de ramas en rama, despistados pero constantes en su batida, rebuscando sobre las hojas y entre las cortezas; escapando, en fin, de mecanismos y de faroles de artificio.
Dobles parejas de mariposas blancas
revolotean sobre una toya.
Ella, al medrar torna arroyo chico.
No ha comenzado a correr el agua cuando una estrecha cueva cilindrica encauza su fría sed a través de la tierra. Libre hubiera abrazado raíces y piedras. Allí, en la oscuridad del plástico o el plomo, los peces lloran asustados y el agua pierde la noción del tiempo. Al brotar de nuevo, ya sea en un bosque o por el grifo del bidé, desconcertada se asusta y repiquetea -con fuerza y ánimo de intimidar- sobre el improvisado lecho.
Allí, más arriba. Entre riscos.
¡Fuego! Se derrama, líquido,
por las lomas. Islas de granito y ceniza.
Escapan, ágiles, los pajarillos y el agua
corre también en todas direcciones. Unas cuantas gotas hacia el cielo en forma de nube, el resto se pisa los talones mientras desciende su propio sendero. La violencia es ciega y anega todo a su paso. Calor. El hedor del aliento del monstruo envuelve el aire y en la tierra solo las hormigas más profundas mantienen la tranquilidad.
Un corzo joven observa y pisa
las nuevas lindes del sendero.
A un lado monte al otro infierno.
Tras cuatro largos días de jadeos y palos afilados, los humanos -tan soberbios como siempre- tras zanjar el avance del fuego, habían vuelto a sus hogares. Quedaba únicamente un paraje yermo, negro como el alquitrán, volátil, quebradizo. En el aire un mensaje de hierro y azufre advierte al vivo: este no es lugar para tu frágil ser ni habrá de serlo en largo tiempo.
La lágrima cayó del cielo y resbalando por uno de los cuernos -palmo y medio de hueso desnudo- lavó la mirada del corzo.
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