Las farolas se apagan a mi paso.
Les da miedo iluminar este rostro descompuesto.
De fondo un preludio de Chopin
y las voces, siempre las voces.
Algunas bestias inmateriales,
figuras sin rostro,
se van cruzando en mi camino.
El viento artificial lo envuelve todo.
Una estaca, un clavo oxidado
despunta en mi cabeza.
arcomido. helado. lo toco.
No se como arrancarlo
y dejar correr la bilis.
De nuevo, otra farola, se apaga.
Alegro con fuoco, revolucionario
estudio el ritmo de mis pasos.
Ni una flor en el horizonte.
Negro el sol negra la luna.
Sólo una estrella latente titila.
Llora a sus astros oscuros
y en cada lágrima pierde energía.
Cruzando el río,
una anciana me ha salido al paso.
"Oh Dios, Dios mío, ¿donde la salvación?
dame tu gracia, protege mi sino."
Antes de poder responder a su delirio,
la corriente se la ha arrebatado a la orilla
y he quedado yo, empapado de miedo,
lleno de dolor agónico y desnudo.
Un arcoiris de plástico reflejado en la superficie,
cuatro ranas curiosas relamiendome los pies
Crujir y tronchar del frondoso bosque
y el clavo en mi cabeza todavía por arrancar.
No hay telón para cerrar esta obra
ni narrador externo moralizante.
Sólo la tarde primaveral
mecida en nubes nocturnas
que sin piedad ha enganchado
de mi cabeza el punzante hierro
desvelando a borbotones la duda.
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