miércoles, 13 de mayo de 2020

Pompas y canicas

Siete pompas de jabón.
Cinco niños corretean
riendo risas afiladas.
Pompas finas de ilusión.

(algunas noches el pensamiento es tan fuerte que se vuelve físico y creo estar diciendo en alto las palabras que fluyen como agujas a través de mis venas.)

Pompas de claro cristal.
Las canicas ya en el suelo
envueltas en polvo viejo.
Sinceras pompas de sal.

(algunos días la intuición es tan ligera que sus vapores me hacen volar sobre un llano blanco vacío y seco.)

Cada canica en su pompa
se eleva. Diez ojos ven
vendados su redondez.
Hasta que el llanto las rompa.

(A veces, quedo perpleja ante una imagen del horizonte. El sol, por ejemplo, rozando el borde del mundo y no saber si amanece o es la noche tratando de cubrir la esperanza con su velo. )

Cae la canica a sus pies.
Al beber, su beso corta
los labios y no se sacia
nunca el hambre de la infancia.

(También entonces tengo certeza de la bruma sobre el llano, de los secos hierbajos bajo mis pies desnudos.)

Una vez bebida el agua de las manos

Has de temer las estables
estatuas hoy veneradas.

          Agua entre las manos
-Cómo las nubes blancas y abultadas
atravesando el gran cauce del cielo
así son mis sentimientos mutables,
claros y caóticos en su vuelo-
          lábil realidad

Deja de temer lo inmenso
de la mente inabarcable.

           Una vez bebida
-¿Ves?, yo aun sin entender su luz amable
llevo ese ser íntegro aquí en la piel
entero y desordenado y propenso
a derramar su inagotable miel.-
           vida y humildad.


La más blanca

esa que rasga la noche y contrastada 
contra un profundo lienzo azul 
se regocija al ver su imagen
sobre el agua quieta de un charco.

Se ve tan clara
-noche sin luna-

La nube es.
Yo la veo gris
y ella se sabe 
blanca. ¡Tan blanca!



Gloria

Sé que alguien, no recuerdo quién ahora,
dio en bien dar al teclado de aire y tubos
el rico y palpitante sobrenombre
de corazón de la catedral. Hubo

feligreses que en asistiendo a misa
y oyendo en las alturas del crucero
la ordenada tormenta de sonidos
creyeron entender a un Dios sincero.

Dime, ¿qué muerto no se sobrecoge
en su tumba cuando tiembla el templo
con las hondas oraciones de un órgano
atemporal? Aún vivo, yo lo contemplo:

al organista, singular oficio,
y a su oda, excelsa alabanza al señor.
¡Oh, mensajero de la vida eterna
¿quién alcanzare tu gloria y honor?!

El naranjo que creció sobre la tumba de un noble que fue muerto a traición por uno de sus siervos.

Se sacó una naranja del bolsillo,
se inspiró hondo en su olor grande y redondo,
con meditado descuido clavó
el dedo en su piel tersa y dibujó
en la mía sed de zumo y barquillo.

El sol naranja caliente y pillo
bebió a besos de estas mieles y pronto
en este estado cítrico besó
vocal tras labial mis letras. Izó
esencias en la brisa del castillo.

Yo, y el sol, y una leve brisa fuimos
degustando los gajos pero un hondo
sentimiento colmó nuestra ilusión:
quién hubiere de venir con su invasión
a probar también estos dulces vinos.

A lo lejos, al galope, va un niño
envuelto en su viva nube de polvo
¿Querrá saciar su tiempo en mi canción?
me preguntaba la naranja y yo
respondía: le llamaré con cariño.

Graznó el cuervo desde la torre alta.
La brisa le llevó olor de naranja
aún colgada del árbol por su rama.
Cruzó el caballo la llanura llana
y ya al pisar de estas ruinas las faldas
vino a saltar el niño de su espalda.
Con manos desnudas de la muralla
dió buena cuenta y al avistar clara
la fruta en el foso sintió apagada
la sed que antes le había hecho crecer alas.

Es lo cierto, que llegó tarde al brillo
del encuentro el bravo y joven devoto.
Con sentido pesar se descolgó
de las altas murallas y tomó
un buen trago de áspero tempranillo.

Retomado en seguida el su camino
lamentaba aquel espejismo roto:
ni naranja ni compadre encontró
en tales ruinas. Una tumba halló;
pútrido augurio de un vano destino.

Un suspiro

Oídme. Hoy vengo a venderos 
el interés por la tradición 
como forma, no como fondo;
no como creencia, si no como rito.

Que si Violante me pide un soneto
quizás hoy le tendiese un poema en prosa,
sin rima, o una amalgama disuasoria
que me sacase de este penoso aprieto.

Por el primer terceto voy entrando
y no me arrepiento ¡es tan divertido!
Tomar lo que fue y deshacerlo en propio.

Por ir terminando le mando besos
a  los míos más amados.
Amor y literatura me pedían estos versos

y un suspiro que por no caberme 
exhalo a la orilla del poema: hhaahimhmhhh

¡Agua!

Lo que dicen diez dedos flamencos
sobre una guitarra 
no lo ha dicho naide,
si quiera un poeta, nunca,
jamás, ni en el más delirantes de sus trances,
ni en la más clara de sus visiones.

Buscan
do imitar
su sonar,
su ritmo, yo
te doy
doce gol
pes conta
dos con la voz.
si no
te apasio
na este tem
po sin canción
escu
cha la ré
plica de un.
cantaor calé
la piel
se te eri
za y el pe
cho late en pos
de tan
desmedi
do sentir.
Pal sur me voy.